Artista referente: Heather Barnett
La obra de Heather Barnett con el Physarum polycephalum (moho del fango) constituye una investigación artística de larga duración del nuevo materialismo, que ella define como una “colaboración con un organismo inteligente”. A través de la imaginación material, la artista escucha a la materia y permite que sus propiedades intrínsecas participen en el proceso creativo. No se trata de una pieza estática, sino de un cuerpo de trabajo donde este organismo actúa simultáneamente como material, modelo y metáfora.
Siguiendo la premisa de Montero sobre el arte como herramienta para aprender a pensar, Barnett sitúa al moho en entornos de laboratorio controlados para su observación, documentación y registro de cómo el organismo traza rutas óptimas entre fuentes de alimento (copos de avena). En su desplazamiento, el moho deja un moco extracelular que funciona como una “memoria externa”, lo que evita que regrese por caminos ya transitados.
Barnett captura estos patrones dendríticos —similares a redes neuronales, rayos o deltas de ríos— reconociendo que no posee el control absoluto sobre el organismo. Como sugiere Parikka, la materia no es un elemento pasivo a la espera de la forma humana. Sin embargo, la artista incide en su crecimiento empleando sustancias atrayentes (comida) o repelentes (luz y sal). El resultado final es una negociación entre la intención estética del sujeto y la motivación biológica del objeto, articulada junto a otros actantes que conforman la red descrita por la Teoría Actor-Red.
En una vertiente participativa, Barnett invita a grupos de personas a transformarse en un “superorganismo”. Para replicar la conducta del moho, los participantes deben seguir reglas sencillas: permanecer conectados, comunicarse solo mediante un contacto físico sutil y avanzar hacia una meta común. El propósito es trascender el ego individualista para experimentar una inteligencia colectiva distribuida. Al final, el grupo se desplaza como una masa única, demostrando que la cooperación no requiere de un mando centralizado, sino de una red de agentes que constituyen un todo.
Desde la perspectiva del “Nuevo Realismo” de Markus Gabriel, el arte posee una independencia incontrolable. Barnett aplica este principio al “rediseñar” ciudades, otorgando al organismo un nuevo “campo de sentido”. Al posicionar fuentes de alimento en un mapa sobre las estaciones de metro principales, el moho suele reproducir, o incluso optimizar, las redes diseñadas por ingenieros. Este experimento cuestiona si nuestros entornos urbanos deberían regirse por una lógica mecánica o por principios de resiliencia y autoorganización biológica.
El moho es, en esencia, materia vibrante con agencia propia. En la estructura relacional de Barnett, ella misma, la avena, el moho y los sensores técnicos actúan como actantes que generan conocimiento. La artista eleva a la categoría de modelo de inteligencia a un organismo que Rosa Olivares calificaría de “banal”, transformándolo en algo monumental. Esta práctica nos recuerda que no estamos frente a las cosas, sino entre ellas, en un flujo constante de afectación mutua.
Krys Arnanz